Me está viniendo bien esta semana, en la que pareciera que el mundo se ha parado de golpe. El estrés de las anteriores me ha dejado hecho polvo. Perdonad si no paso a visitaros con tanta frecuencia (así descansais de mi).
Claudia ha heredado la fascinación mía por uno de los mejores inventos de la humanidad: la lavadora. Le pasa como a su padre, se queda lela mirando el movimiento giratorio del tambor; es algo misterioso, un agujero negro que te atrapa, un placer para las neuronas, que te desconecta de la realidad y te lleva a otros mundos. Imagino que a vosotros os pasará igual, y al que no le pase, entonces que se lo haga mirar, porque es raro.
No sólo el movimiento del tambor me lleva a estados semejantes a fumarme yo sólo una pipa de agua, no, es también el ruido del electrodoméstico el que me eriza la piel, reflejo de las conexiones que se generan en mis neuronas. Desde el sonido, similar a una turbina, cuando está centrifugando, a los originados por las vibraciones, o al sonido de cisterna cuando se descarga o carga de agua; ruidos, que terminan de golpe cuando se escucha el "clanck", de final de lavado.
Hay una cosa que no quiero morirme sin probar: echar un mantecado con la lavadora centrifugando a máximas revoluciones. Esa vibración, ese soniquete, con ella encima, como si fuera una mesa, y el hombre de pié, en la horizontal, si ambos consiguen equilibrar su movimiento al compás de la lavadora, debe de provocar un orgasmo simultáneo buenísimo, de esos que te deja vacío de fuerzas, y de los que llaman a la policía por los gritos que pegas. Se lo he pedido a Ana, pero me ha mandado a la mierda.
Y es que, como os digo, yo conozco a gente que ha practicado esa postura, y habla maravillas de ella. Ahora mismo estoy recordando lo que me contó el tío Zipuerto, paisano de mis padres, hace muchos años, y que yo, en mi torpe redacción, quiero transmitir a la Blogsfera.
El tío Zipuerto tenía sus cosas buenas, y también sus cosas malas. Criado en una época, en la que el pensamiento machista era el dominante, no entraba en su dura mollera que los tiempos avanzan, y que el lavar a mano era del pasado. Salustiana, la mujer, tuvo que dejarle sin quitar las zurraspas de los gayumbos durante semanas para que al final se decidiera. Cuando por fin se decidió, se compraron la mejor lavadora, y ya de paso una cocina nueva, un frigorífico de 3 estrellas, dos muebles de sobremesa y cortinas para el baño, ¡joder, ni tanto ni tan calvo!
Instalaron la lavadora en el baño, cosa muy común en los pueblos. Pronto se convirtió en el segundo electrodoméstico preferido del hogar, después del televisor. Dos veces por semana, cargaban la lavadora y la ponían en marcha, dando lustre a las prendas, desde delicadas a los monos de faena. Como diría un castizo: "un señor invento"
Estando una mañana el Zipuerto afeitándose, se puso la mujer a cargar la lavadora. Salustiana estaba en bata, y al agacharse, el macho cabrío debió excitarse. Buenas posaderas en pompa, a primera hora de la mañana, ummmm, ¿estaría el Diablo por allí aburrido?, se ve que sí, pues ese día tocaba lavar la ropa blanca, y, Salustiana, allí mismo se quitó las bragas y las echó a lavar, haciendo montón con el resto de ropa que esperaba.
Las lavadoras de entonces no era como las de ahora, que casi no vibran. Aquella vibraba, ¡vaya si vibraba! Encima, el gañán del Zipuerto no le dió por calzarla como es menester, por lo que su abnegada esposa tuvo que inventarse una artimañana para evitar males mayores. Consistía en subirse encima cuando arrancaba, y de esa manera, estando unos minutos sentada sobre ella, la lavadora llena se "calzaba" y las vibraciones disminuían. Ese día hizo lo mismo, y estando sentada encima, no pensó en cerrar las piernas, todo lo contrario, no cayendo en cuenta que estaba su marido en otros pensamientos.
Se puso calentorro el Zipuerto, más tontorrón que de costumbre, y estándo la lavadora arrancada con su señora esposa encima, se acercó y la cogío a las bravas.
- Zipuerto.- ¡Ay, Salustiana de mis carnes!, ¿para cuando la niña?
- Salustiana.- ¡Zipur, tú no vales!, no sabes más que darme cabestros, ¡qué cruz!
- Zipuerto.- No sé, tal vez no lo hacemos bien, ¿por qué no me dejas que te dé un besó, ahí, en la nuca?
- Salustiana.- Para eso no pidas permiso, anda, dámelo, que ahora no pinchas y estás aseadito.
Y Zipuerto le dió el beso, y luego otro, y se pusieron cariñosos, y claro, una cosa llevó a la otra, y el miembro del Zipuerto se empeñó en ponerse duro, y estándo enfilando hacia el lado oscuro, pues no pasó ni un segundo que aquello entró súbito, y en un santiamén se pusieron a follar, con perdón, a hacer el amor.
Estando en el mete-saca, repito, él de pié, y ella sentada encima de la lavadora, que a su vez vibraba pues estaba lavando, hubo un momento que en el fragor del polvo se desequilibró el aparato, y la vibración empezó a aumentar, cosa que no importó a los amantes. No llevarían ni cinco minutos cuando la lavadora se puso a centrifugar, y la vibración inicial pasó a la que tiene un compresor rompiendo una acera, que unido al movimiento rectilíneo de lo ya sabemos, originó que entraran todas las vibraciones en resonancia aumentando la amplitud (imaginaros féminas en el clítores, ¡uaaaa!), que no tardó en llevar al éxtasis a los dos, culminando al mismo tiempo, entre grandes aspavientos y tembleques, con gritos de "¡ay, qué bueno!, ¡vamos, todo dentro!". Aquellos sonidos salieron por la ventana y se propagaron por el patio, de ahí a la calle y al cielo, y al final por todo el pueblo, que tan alto fue el volumen que se enteraron hasta los del cementerio. Vamos, ¡un señor polvazo!, y encima de los buenos, esos que no durán más allá de un ratejo.
A los 9 meses nació una niña, que se unió a los 3 varones. De padre cetrino, unicejo, feo con cojones; de madre bajita, rechoncheta, pero con hermosa melena y gestos graciosos, nació una niña rubia, de piel muy blanquita, que más pareciera nórdica que manchega, pues sus ojos verde azulados parecían de otro planeta. La llamaron Vanessa, con doble "s"; sí, suena raro, pero debeis de saber, que ya por aquel entonces, se empezaba a poner de moda la gilitontuna de poner nombres extranjeros.
Vanessa creció y se convirtió en una pedazo de mujer, bueno, bueno, una cacho de tiarrona, ¡¡un bellezón!!, ¡y no sólo eso!, ¡qué encima se sacó dos carreras! En el pueblo la llamaban "la Vanessa", de mote "la centrifugadora", porque de sobra era conocido que había sido engendrada encima de una lavadora.
Vanessa fue la primera de las mujeronas, rubiacas, de ojazos, con cuerpos de escándalo, que empezaron a nacer por aquellos lares. Yo, que después de ver en los archivos del ayuntamiento, que en el año de 1971 el Gobierno les había dado un premio, por ser el único de España que tenía lavadora en todas las casas, ahora empiezo a atar cabos, y dos conclusiones saco:
1) Me doy cuenta del porqué, un poblacho de 2000 habitantes, tenía hace años ¡4 tiendas de electrodomésticos!
2) Visto el nivelazo del percal que hay en las mujeres de menos de 40 años, y sabiendo que por allí no ha pisado sueco, ni noruego, ni alemán, en siglos, la afición al echar el polvo encima de la lavadora se debió de poner de moda, JAAAAAAAAAJAAAAA.
Si me preguntais si la calidad de los chicos también mejoró, no sé que deciros, yo en esas cosas no me fijo, pero imagino que sí.
Bueno, pues ya estais tardando en poner una lavorada y practicar el mantecado explicado.
