- La Factoría es el lugar donde se fabrican los líderes del futuro. Gracias a nuestros métodos, formamos a hombres y mujeres en todos los sentidos, creando humanos soberbios, que son aquellos que saben pensar por los demás primero, y por ellos después. Hombres y mujeres que han estudiado en La Factoría han sido eminencias en todos los sentidos, desde la filosofía a la física cuántica. Si usted quiere que su hijo sea un paria entonces La Factoría no es el lugar.
- ¡Joder, tío plasta!, ¡¡qué chapa me estás dando!, ¡¡déjame de darme la tabarra, que no voy a invitarte a ningún chupito más!, ¿qué parte del "no" no has entendido?
- Miserable, ladras cuando te lo dice tu amo, no tienes voz propia, así te va; lo que te propongo, cuando lo hables con tu jefe, hará que te suba el sueldo, ¿así me lo pagas?, ¡anda, invítame a una cerveza, que estoy sin blanca!
- Una más, y luego te vas.
- No puedo, tu belleza me clava aquí.
- ¿Prometido?
- Lo que tú digas, pero me rompes el corazón.
Esto puede parecer surrealista, pero todo lo contrario, ha ocurrido, ocurrirá, y ocurre a diario. Se trata del cliente, que perjudicado por el alcohol, se pone pesado con la camarera de turno. Ella, en vez de echarle del local a palos, hace como que le hace caso, por la pena que da. La conversación anterior es más o menos lo que me contó hace años la mujer del dueño de uno de los "pesebres" de mi barrio, allá en Móstoles City. Resultó ser que ese pesado luego fue su novio, y de novio pasó a marido; me decía que sin saber el porqué, el amor había venido así, que aunque el exceso de alcohol es lo peor, a veces Cupido lo utiliza para juntar a dos personas, a modo de flechas. Aquel día, él se hizo pasar por profesor de La Factoría, un centro educativo de lo más selecto en España, cuando en realidad era taxista, JAAAAAAJAAAAA.
Yo, que por aquel entonces sólo conocía a las mujeres por la literatura, me pareció que copiando la idea podría llegar a conocer algo más, así que una noche en el Comix, que estaba en los bajos de Argüelles, con Gañán 2, quise aplicar el método.
La camarera del Comix se llamaba Ana (que no tiene que ver con mi mujer, que también se llama Ana). Nos gustaba ir a ese antro de lujuria y perversión porque Ana nos invitaba a chupitos. El modo de proceder siempre era el mismo. LLegábamos antes de las 10:00, porque antes de esa hora había una oferta de 2 botellines de Mahou a precio de uno. Mientras nos tomábamos los dos, por allí pululaban muchachuelas buscando ligue, las cuales algunas hacíamos caso y otras no, según nos diera, no por chulería, era una mezcla de 90 % vergüenza y timidez y el resto era por tocas los piés. Terminado los botellines, empezábamos con chupitos de tequila, o lo que es lo mismo, aguarrás de lo peor mezclado con sosa caústica.
"Ana, dos chupitos de tequila", y ahí empezaba todo. Los chupitos hay que bebérselos de un trago, así que hacíamos parida de echarnos sal en la mano, luego de un trago aquel brebaje, después convulsiones y caras raras por el paso de aquel líquido incoloro, y al final chupar el limón, que era lo único bueno. Después del primero pedíamos otro, y vuelta a empezar. La mezcla de los dos botellines más los dos chupitos relajaba nuestro cerebro y nos quita la timidez, teníamos en ese momento un pedete lúcido. Como sabíamos que el tercer chupito sería gratis, pedíamos otro a Ana, y ya de paso que ella se tomara uno, invitándola. Ella nunca nos aceptó una invitación, todo lo contrario, a partir de ahí empezaba a invitar, y no sólo uno, uno tras de otro. Aquel día nos tomamos 10 chupitos de tequila, de los cuales sólo pagamos dos. Recuerdo vagamente que Ana nos dió su teléfono, y que alguno de los dos lo apuntamos, creo, bueno, el caso es que de allí nos fuimos, y lo que todavía no me explico es como no nos habíamos caído al suelo ya.
Del Comix nos fuimos a una discoteca que había al lado del Espejos. Siempre había dos personas de seguridad, que impedían entrar a borrachos; aquel día debían de estar ellos también, porque nosotros dos íbamos finos. Entramos al local, echamos una ojeada a la pista, y había dos mujeronas con un montón de moscones alrededor. Alcohol no pedimos, ya no podíamos más, así que directos a la pista, y ZAS, no me pregunteis como lo hicimos, pero ligamos con aquellos dos pivonazos. Una era rubia, para mi amigo, y la otra morenaza, para mi, que a parte de estar para mojar y pan, era más alta que yo, y encima me invitó a un botellín, y bueno, al final lote (¡Dios mío, mi aliento debía de saber a rayos!). Después del lote, de las risas, de las miradas asesinas del resto de material masculino, nos dijeron que tenian que irse, que si las acompañábamos, y nosotros, pues.... dijimos que no, ¡con dos cojones!, así que la morena se empeñó en darme el teléfono. No tenía papel, así que le dije que me lo dijera, que yo lo memorizaba, y no sé cuantas veces me lo diría, tantas hasta que lo repetí sin equivocarme.
El caso es que yo olvidé el teléfono, y mi amigo casi olvida que era amigo desde hacía mucho tiempo, ¡menuda bronca me echó! A la semana siguiente volvimos al Comix, ya no estaba Anita, estaba un camarero mazas. Preguntamos por ella, dijimos que éramos amigos porque nos miraba raro, al final habló para decirnos que la habían echado. No nos invitó a Tequila.
De ahí al lugar donde ligamos. No pudimos entrar, no nos dejaron, nos habían fichado y estaba vetada nuestra entrada.
Sin saber que hacer, decidimos reponer fuerzas en Los Cachorros. Sentados a la barra, mientras esperábamos los bocatas, nos dijo uno de los camareros: "el otro día íbais finos, JAAAJAAA, un poco más y tenemos que sacaros en parihuela". Ninguno de los dos recordaba que hubiéramos estado allí esa noche que el camarero se empeñaba en poner.
De regreso a casa, con los ánimos por los suelos, a la altura del metro de Argüelles, en la entrada de El Corte Inglés, dos chicas nos paran, una era rubia y otra morena.
- ¡Hola!, ¿no os acordais de nosotras?, ¡tú eres un cabrón, prometiste que me llamarías! - mientras me apuntaba con el dedo.
Eran altas, una rubia y otra morena, pero no eran los pivonazos que recordábamos, ¡ay madre!
- ¿Bueno, qué, parece que os han dado un aire?, vamos a Huertas, ¿os venís con nosotras?
Yo no sabía que decir, mi amigo respondió por los dos.
- ¿Vosotros sois drag queens?
Empezaron a reirse, a carcajadas, la gente pasaba y miraba, la morenaza, dijo:
- A ver tú, el que me comiste la boca, me llamo Débora, sí somos dos drang queen, ¿pasa algo?, ¿no sé de que te sorprendes?, JAAJAAAAA, ¡anda!, ¡¡qué las trolas que me contaste tú eran para publicarlas en libro gordo!!, JAAJAAAAAA, ¡me contaste una historia de algo que se llamaba La Factoría, JAAAAAAAA, y que tú eras profesor allí, JAAJAAAA, vamos, que lo habrías soñado esa noche, ¿te cuerdas Anastasia? - mientras miraba a la rubia - bueno, ¿al final, venis o no?
No fuimos, nos despedimos y nunca más he vuelto a probar el tequila; aunque algún cebollón antológico me he pillado, pero sin esas consecuencias.
No sé yo si Cupido quiso gastarme una broma, o era que estaba confundido, el caso es que a mi no me pasó como a mi confesora de bar, que conoció a su marido estando borracho en un bar, yo pasé de no saber lo que era un drag queen a casi conocerlo a fondo, JAAAJAAAJAAAAAA, ¡mecagüenlaleche, lo qué no me haya pasado a miiiiiii!
Bueno, ¿vosotras y vosotros habeis tenido experiencias similares!
Miguel Ángel de Móstoles
Miguel Ángel de Móstoles






